Tiembla, a causa del nefasto frío,
De la ingratitud de mis gritos.
Los gritos la hacen temblar. Los míos también.
La encuentro suave y monótona. Aburrida.
Se sube por mi espalda, mansamente,
Me raspa el pecho desde adentro,
Intenta armar un rompecabezas a partir de mi: me quiebra en variadas piezas, tantas almas,
Y entonces no tengo forma, ni altura, ni peso.
Me vence con su amarga simpatía. Aburrida.
Me vence con sus puntas oxidadas,
Con todo lo visible, lo abstracto, lo irreal.
Le digo que no. Hoy no. Hoy no quiero más.
Pero ella ya esta depositada en cada pieza,
Y tiembla, reseca pero viva, mi cabeza.
Ella me hace ver en el espejo, y allí me veo, con ella, las dos. Aburridas.
Se estremece más, me estremezco yo.
Y es saber que no la veo, a pesar que sea nítida,
Cuando juega, desde adentro, a mezclar pintura roja con mí sangre idílica.
Y es saber que ruedan esferas diminutas por los párpados, que estallan contra el piso, que desde adentro estoy temblando.
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