EL AGUJERO.
¿Un agujero? ¿Qué es eso?
La silueta de la cadavérica luna parecía fenecer a orillas de una intensa boca de lobo, llena de estrellitas borrosas.
Ella estaba sola en su casa. Pensaba que se encontraba más solitaria que nunca. Pero, únicamente, era el sentimiento crudo sumado a la objetividad de que, en su casa, no había más que un cuerpo con un alma, que quería estallar en el espacio.
De pronto, comenzó a percibir en su hemisferio izquierdo la correlatividad de lo que pasaba por su mente. Sentía un agujero, profundo e inicuo. Un agujero, cuya graduación de carne y de sangre, era vana.
Desesperada, corrió desde el amplio comedor hasta su habitación y, al mirarse en el espejo, comprobó su estado. Se podía divisar en el vidrio cómo una circunferencia perfecta se abría prácticamente en el pecho y se deslizaba prolijamente. Terminaba en la espalda. Era un hueco, un hueco que no sangraba, pero que estaba allí. Ella dudaba de cómo se había logrado establecer, ya que los tejidos, las células, los órganos, las venas y, por sobre todas las cosas la sangre, no se afirmaban en ese redondel.
Intentó no asustarse, sin embargo, se largó a llorar. Cada lagrimita que salía de sus ojos aparentaba ser la demostración preciosa de cuán grande era la preocupación que florecía a cada instante.
Entre egoísmo y desesperación se acercó al teléfono inalámbrico y discó tres cifras impares.
A penas la atendieron dijo que tenía un agujero en el pecho, producto de un proyectil gigante. Acotó que se estaba muriendo y, agregó que, si las cosas seguían así, no sería la última. Pedía ayuda a gritos. No obstante, mientras lloraba y metódicamente balbuceaba, informaba desequilibradamente sus datos.
Al colgar el teléfono, esa preocupación fatal, igual que un hechizo caprichoso, seguía. Continuaba ese efecto que hacía que ella no se conservara en su sano juicio. De hecho, apretaba los labios para no escandalizar más su terrible situación, para no gritar y escapar de la atmósfera realista. Y ese monólogo fingido, vacío y amargado crecía más y más, tan vertiginoso como la velocidad de la luz.
Luego, se sentó en la alfombra púrpura de su habitación. Al mismo tiempo, nació la verborrea más inoportuna producto de ese relámpago de sensibilidad y nostalgia. Decía que no quería vivir conjuntamente con un agujero, con una brecha sin expresión, tan paradójica.
De pronto, se escuchó una sirena y se oyó, desde lejos, como un auto se detuvo rápidamente.
Ella se levantó tristemente de su lugar, el cual sostenía gotas oculares en su superficie.
Abrió la puerta despaciosamente. Al ver a los hombres, se desmayó y cayó junto a ella el temible agujero, ese abismo sádico y espontáneo.
Luego de unas horas, sus ojos parpadearon después de estar intactos durante un tiempo imparcial. Tomó conciencia de que se hallaba en una habitación. Pero, a penas se reestableció, comenzó a acariciar la zona del pecho y posteriormente la espalda, mientras repetía la misma frase: -“El agujero… ¿Dónde está el agujero?...” -
En ese preciso instante, abrió la puerta un médico, quien se dirigió hasta ella, hasta la cama de sábanas blancas y puras. Le mimó la carita, sonriéndole suavemente. Ella le devolvió la sonrisa. En aquel momento, él le preguntó qué era el agujero. Y, a esa pregunta ella contestó que un agujero era parecido al barranco de recuerdos que creó el tiempo, que llenó el mismo tiempo y que arrastraba la misma historia. El médico le volvió a sonreír, luego de realizada la mueca con sus labios gruesos, dio un giro de ciento ochenta grados y se orientó hacia la puerta, la abrió y salió a un pasillo.
Dos personas se acercaron, pero antes que nada el médico les dijo:
-Tiene un agujero en el pecho, un poco más arriba del corazón. Lamentablemente, no se lo puede observar, porque es incorpóreo. ¿Una cura? ¿Un remedio? No hay nada más sano y eficaz que el tiempo…Ah, ¿el proyectil?, no es más que un pequeño baúl de recuerdos sumergido en el espíritu.
ABY PÜHL. 5/04/09.
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